sábado, 10 de agosto de 2013

Fantasmas


Soy un fantasma.

Camino entre las gentes
y no  qué busco.

Nadie me ve,
nadie podría verme.
Porque soy un fantasma.

No tengo nada
no tengo a nadie
estoy sola y camino por un andén de subte.

Estoy sola
y voy caminando entre las gentes,
y nadie me ve
nadie podría verme.
Porque soy un fantasma.

Escucho un sonido,
una música lejana
que estaba encima, 
o adentro
mio.

Sigo caminado, 
quiero encontrar esa música:

es un dolor
o una herida abierta
que suena.

Llego hasta ahí,
la escucho sonar
me siento a mirarla
a mirar mi dolor
y me da miedo,
me asusta.

Lloro,
inevitablemente,
comienzo a llorar.
Miro esa música y lloro.

Alguien se me acerca,
un hombre,
con estampitas en la mano o algo más para vender,
quiere saber si estoy bien
si me pasó algo.

Soy un fantasma, le digo.
Se ríe
y se va.

Sola.
Lloro sola.

Entre cientos de gentes que pasan por un andén del subte
yo estoy llorando sola.

Y no es raro,
para nada.

Nadie me ve,
nadie podría verme.
Porque soy un fantasma.

¿Cómo se sanan esos dolores?
¿Cuándo?

No hay respuestas,
o tal vez ,
o tal vez haya que dejar de preguntar
y mirar
mirar
mirar

hasta cansarse.

Hasta que se canse el cuerpo entero.
Hasta que se destruya,
hasta que el llanto nos inunde los huesos
las sabanas
los andenes de subte

hasta que un hombre nos pregunte si estamos bien
hasta que aceptemos que somos fantasmas

que nadie nos ve
que nadie podría vernos

hasta que ese hombre nos pregunte si estamos bien
aunque sea en un sueño,
aunque no haya sucedido mientras lloraba en el andén.

Hasta que la desesperación
nos obligue a salir
a saltar
a desparramar nuestros huesos por la cocina.

Aceptar que somos fantasmas
aceptar que soy un fantasma.

Pero hay una música,
adentro,
primera,
una música esencial

y lo que suena es el dolor.

Y hay que escucharlo.
Y cantarlo.
Y bailarlo.

Llorarlo.

Aunque nadie me vea.
Aunque nadie pueda verme.
Porque soy un fantasma.


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