Soy un fantasma.
Camino
entre las gentes
y
no sé qué busco.
Nadie
me ve,
nadie podría verme.
Porque
soy un fantasma.
No
tengo nada
no
tengo a nadie
estoy
sola y camino por un andén de subte.
Estoy
sola
y
voy caminando entre las gentes,
y
nadie me ve
nadie podría verme.
Porque
soy un fantasma.
Escucho
un sonido,
una
música lejana
que
estaba encima,
o
adentro
mio.
Sigo
caminado,
quiero
encontrar esa música:
es
un dolor
o
una herida abierta
que
suena.
Llego
hasta ahí,
la
escucho sonar
me
siento a mirarla
a
mirar mi dolor
y
me da miedo,
me
asusta.
Lloro,
inevitablemente,
comienzo
a llorar.
Miro
esa música y lloro.
Alguien
se me acerca,
un
hombre,
con
estampitas en la mano o algo más para vender,
quiere
saber si estoy bien
si
me pasó algo.
Soy
un fantasma, le digo.
Se ríe
y
se va.
Sola.
Lloro
sola.
Entre
cientos de gentes que pasan por un andén del subte
yo
estoy llorando sola.
Y
no es raro,
para
nada.
Nadie
me ve,
nadie podría verme.
Porque
soy un fantasma.
¿Cómo se sanan esos dolores?
¿Cuándo?
No
hay respuestas,
o
tal vez sí,
o
tal vez haya que dejar de preguntar
y
mirar
mirar
mirar
hasta
cansarse.
Hasta
que se canse el cuerpo entero.
Hasta
que se destruya,
hasta
que el llanto nos inunde los huesos
las
sabanas
los
andenes de subte
hasta
que un hombre nos pregunte si estamos bien
hasta
que aceptemos que somos fantasmas
que
nadie nos ve
que
nadie podría vernos
hasta
que ese hombre nos pregunte si estamos bien
aunque
sea en un sueño,
aunque
no haya sucedido mientras lloraba en el andén.
Hasta
que la desesperación
nos
obligue a salir
a
saltar
a
desparramar nuestros huesos por la cocina.
Aceptar
que somos fantasmas
aceptar
que soy un fantasma.
Pero
hay una música,
adentro,
primera,
una
música esencial
y
lo que suena es el dolor.
Y
hay que escucharlo.
Y
cantarlo.
Y
bailarlo.
Llorarlo.
Aunque
nadie me vea.
Aunque
nadie pueda verme.
Porque
soy un fantasma.
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